
Era primavera, la mañana hermosa llena de perfumes, de trinos, de sol, se infiltró alegre y gozosamente dentro de los pliegues de mi corazón.
El Maestro vino, me hablo quedamente: ¿No irás a los campos como sembrador? Pero la mañana me llenaba el alma y dije: Maestro déjame quedar.
... y llego el verano, y el primer rocío, que cayó abundante sobre la amplia mies, y puso en el aire su hálito sedante, con mano piadosa refrescó mi sien.
El Maestro vino, me habló suavemente: ¿Mis semillas tiernas, no irás a cuidar? Más dije: Maestro déjame quedar, cuando el otoño apague sus luces correré a tus campos y podré segar.
... y llego el invierno, todo estaba blanco, hacía mucho frío, no brillaba el sol, la nieve y el hielo lo cubrían todo, y hasta se acercaron a mi corazón.
Entonces, voluntariamente me ofrecí al Maestro, todos mis esfuerzos, todos mis anhelos, todo don precioso que habitaba en mi, más El, movió la cabeza, y me dijo triste "Pasó la cosecha, solo hay un poco de trigo que no se juntó, más fué tu torpeza la que lo dejó, el placer del año pasaste afanoso, cuando yo llamaba no oíste mi voz y hoy, ¿Para que te sirve tu remordimiento? ... ¿Qué será del trigo que no se
junto?..."
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