Que noche más luminosa,
que luz más resplandeciente,
que estrella más prodigiosa
la que brilló en el oriente.
La noche rasgó su manto
y los cielos se rompieron,
viniendo a hacer su morada
Aquel Divino Lucero.
La justicia de los siglos
en sus alas nos traía,
y en la humildad de un pesebre
a la tierra descendía.
Era Dios fuerte y celoso,
Padre eterno y consejero,
eran brazos amorosos
refugio y escondedero.
Aquel reino maravilloso
que aquel niño nos traía
no era un reino de este mundo
era de paz y de armonía.
Aquella noche lejana
sigue cerca todavía
sigue anunciando a los hombres
salvación, paz y alegría.
Manuel Salvador.
Publicado en boletín Interior "Testimonio" nº 148